CUENTOS de COMETAS



 
 
 

Una historia de cometas.

“...y Yegae, Señor de los bosques, apareció en el nuevo mundo; 
miro los bosques y estuvo bien, miro las montañas y estuvo bien, 
miro los mares y amplios horizontes y estuvo bien, 
pero al mirar los cielos vio que algo faltaba..... 
rápido tomo un poco de su saliva, un poco de hojas de 
Guayacán, un grano de tierra de Eolia y un suspiro de Alcione; todo lo 
mezcló  y de su mirada brotaron las aves silvestres. 

Pasaron los tiempos y aparecieron los hombres para aprender a 
administrar este nuevo mundo; como aprendices en sus primeras tareas, 
fueron precoces  y atentos, pero al tiempo olvidaron las enseñanzas; Se 
quedaron sordos y ciegos ante la Naturaleza y pronto la ruina se tejió 
en los bosques, mares, montañas y cielos. 

Las aves caían de sus nidos por la atroz cauchera, y muchos niños se 
vieron negados del Amor de los cielos. 

Eos, la Aurora, dulce madre de los vientos le pidió a Astreo, su 
esposo, que fuese ante el señor de los bosques y hállara una solución, 
pues los niños son el futuro y a ellos hay que enseñar las viejas 
historias de nuevo. 

Con la fuerza de Boreas, hijo del viento, lleva el mensaje de su padre 
ante Yegae. Finas, entre hojas de caucho, las Brisas tejieron las 
palabras de Astreo con el hilo de Amor de Eos, y así, Yegae supo del 
mal y pronto se vio como un niño entre los niños. 

Su infinita ternura condolió a los niños, más ellos no supieron que más 
hacer después de tirar las caucheras; meditando Yegae-niño, lo 
sorprendió una trigueña niña, de ojos de chocolate y manitas de maíz; 
con dulce voz le preguntó a Yegae-niño: “¿por qué no podemos volar como 
los pájaros?, Dime ¿acaso no podemos hacer volar a aquellos pajaritos a 
los que les cerramos sus ojos con las caucheras?”. 

Rápido Yegae-niño se transformo en el Señor de los bosques, con fuerte 
voz llamó a Bacab, sostenedor de las esquinas del mundo, a Ga-oh, 
creador de los vientos y de la primavera; con ellos y los niños tomaron
cañas de los ríos, seda de las arañas tejedoras, bolitas de goma de las 
palmitas y papel de colores; pronto, entre todos, surgió un papelote de 
humilde belleza, se elevo del suelo y detrás de sí, los espíritus de 
los pájaros idos formaron un Arco Iris, una cola para recordar que 
están unidos a la Tierra y al Cielo, como todos los seres que habitan 
este mundo. 

Hoy, muchos soles después, cuando un niño se olvida de la enseñanza, 
Waira, mensajero de Yegae, corre entre los corazones de aquellos 
primeros niños, ahora grandes, y prestos toman cañitas del río, sedas 
de algodón y papeles de colores; con humilde acento enseñan al pequeño 
volar cometa, como aquellas que se ven en el cielo y le dicen al oído: 
“ Cuando una cometa se va, el cielo no se rompe, pero cuando un pájaro 
se enjaula o muere por nada, quizás el cielo si se rompe”. 

Cada cometa que sube y sube, es un pájaro que aliviado halla un nuevo 
plumaje para reemplazar la vida perdida y sirve de veleta, de faro para 
Wandjina, el viento que trae los espíritus de los niños que 
nacerán...... 

¡Hagan cometas, dice Yegae, para que nazcan niños, vuelen pájaros y así 
vuelvan a las montañas, los mares, los bosques y los cielos, para que 
así, cuando miren hacia lo alto, descienda el Amor a sus corazones 
transformados en una cometa!. 

Esta historia la tomé de un mail que envió Richard Cruz a la lista de Ic@ros del cual soy miembro.
 


 
La dorada cometa y el plateado viento.

Por Ray Bradbury.
Extraído del libro: "Las doradas manzanas del sol".

- ¿La forma de un cerdo? -preguntó el mandarín-.
- La forma de un cerdo -respondió el mensajero y partió-.
- O que mal día en un mal año -exclamó el mandarín-, cuando yo era niño la ciudad de Kwan-Si, del otro lado de la montaña, era muy pequeña. Pero ahora ha crecido tanto que le pondrán una muralla.
- Pero, ¿por qué una muralla a tres kilómetros de distancia enoja y entristece a mi buen padre? -preguntó serenamente la hija del mandarín-.
- Esa muralla -dijo el mandarín- ¡tiene la forma de un cerdo!. ¿No entiendes?, la muralla de nuestra ciudad tiene forma de una naranja. ¡El cerdo nos devorará velozmente!
- Ah.

El mandarín y su hija se quedaron pensando.
La vida estaba llena de presagios. En todas partes acechaban demonios. La muerte nadaba en la humedad de un ojo, el giro de un ala de gaviota significaba lluvia, un abanico sostenido así, la teja de un techo, y sí, hasta la muralla de una ciudad era de enorme importancia. Turistas y viajeros, caravanas de músicos, artistas, al llegar a estas dos ciudades, interpretando los signos dirían:
- "¿Una ciudad con forma de una naranja? ¡No, entraré en la ciudad con forma de cerdo y prosperaré, y comeré y engordaré, y tendré suerte y riquezas!".

El mandarín sollozó.
- ¡Todo está perdido!. Estos símbolos y signos me aterrorizan. Vendrán días malos para nuestra ciudad.
- Entonces -dijo la hija-, llama a los mamposteros y los constructores de templos. Yo te hablaré desde detrás de la cortina de seda y tú sabrás que decirles.
El desesperado anciano golpeó las manos.
- ¡Oh mamposteros! ¡Oh, constructores de ciudades y palacios!

Los hombres que conocían el mármol y el granito, el ónix y el cuarzo llegaron rápidamente. El mandarín los miró intranquilo, atendiendo al susurro que debía llegar de la cortina de seda, detrás de su trono.
- Os he llamado... - dijo el susurro-.
- Os he llamado -dijo el mandarín-, porque nuestra ciudad tiene forma de una naranja, y la vil ciudad de Kwan-Si tiene ahora la forma de un cerdo voraz.
Los mamposteros gimieron y lloraron. La muerte hizo sonar su bastón en el patio del palacio. La pobreza tosió en las sombras de la antesala.
- Y por lo tanto -dijo el susurro, dijo el mandarín-, vosotros, constructores de murallas, ¡traeréis herramientas y piedras y cambiareis la forma de nuestra ciudad!
Los arquitectos y albañiles abrieron la boca. El mandarín mismo abrió la boca ante lo que había dicho. El susurro susurró. El mandarín siguió diciendo:
- ¡Y daréis a las murallas la forma de un garrote que golpeará al cerdo y lo hará huir!
Los mamposteros se incorporaron, gritando. Hasta el mandarín, deleitado ante las palabras que habían salido de su boca, aplaudió descendiendo del trono.
- ¡De prisa! -gritó- ¡A trabajar!
Cuando se fueron los hombres, sonrientes y animados, el mandarín se volvió cariñosamente hacia la cortina de seda.
- Hija -murmuró-, quiero abrazarte.
No hubo respuesta. El mandarín miró del otro lado de la cortina. Ella se había ido.
Cuánta modestia, pensó el mandarín. Se ha escapado dejándome con el triunfo, como si fuera mío.
Las nuevas corrieron por la ciudad, y todos aclamaron al mandarín. Se llevaron piedras a las murallas. Los fuegos artificiales se dejaron a un lado, y los demonios de la muerte y de la pobreza no se detuvieron allí, pues todos trabajaban juntos. Al terminar el mes, habían cambiado la muralla. Era ahora una gran clava para alejar cerdos, jabalíes y hasta leones. El mandarín dormía todas las noches como un zorro feliz.
- Me gustaría ver al mandarín de Kwan-Si cuando oiga las noticias. ¡Qué pandemonio y qué histeria! Querrá arrojarse de lo alto de una montaña. Un poco más de vino, oh hija que piensa como un hijo.

Pero la alegría es como una flor invernal, muere rápidamente. La misma tarde un mensajero entró corriendo en la sala de audiencias:
- ¡Oh mandarín, enfermedades, penas, terremotos, plagas de langostas y pozos de agua envenenada!
El mandarín se estremeció.

La ciudad de Kwan -dijo el mensajero-, si tenia forma de cerdo y que hicimos retroceder transformando nuestras murallas en un poderoso garrote, ha cambiado nuestro triunfo en cenizas. ¡Han construido las murallas de la ciudad como una gran hoguera para quemar nuestro garrote!
El corazón del mandarín se encogió como un fruto otoñal en un viejo árbol.
- ¡Oh dioses! Los viajeros nos despreciarán, los comerciantes, al leer los símbolos, darán la espalda al garrote, destruido tan fácilmente, e irán hacia el fuego, que todo lo conquista.
- No -dijo un suspiro como un copo de nieve detrás de la cortina de seda-.
- No -dijo el sorprendido mandarín-.
- Dile a los constructores -dijo el susurro que era como una gota de lluvia- que den a nuestras murallas la forma de un lago brillante.
El mandarín lo dijo en voz alta para gran alivio de su corazón.
- Y con ese lago -dijeron el susurro y el viejo- ¡Apagaremos el fuego para siempre!
La alegría ilumino a la ciudad que había sido salvada otra vez por el magnífico Emperador de las Ideas. Corrieron a las murallas y las transformaron otra vez, cantando, no tan alto como antes, por supuesto, pues estaban cansados, y no tan rápidamente, pues como habían tardado un mes en modificar la muralla anterior, habían tenido que abandonar los negocios y las cosechas y estaban un poco mas débiles y eran un poco más pobres.

Desde entonces los días se sucedieron horribles y maravillosos, encerrándose unos en otros como un nido de terribles cajas.
- Oh, emperador -gritó entonces el mensajero- ¡Kwan-Si ha cambiado sus murallas, y son ahora una boca que se beberá nuestro lago!
- Entonces -dijo el Emperador de pie, muy cerca de la cortina de seda-, ¡que se transformen nuestros muros en una aguja que coserá esa boca!
- ¡Emperador! -dijo el mensajero- ¡Transformaron sus murallas en una espada para quebrar nuestra aguja!
El emperador se mantenía en pie agarrándose desesperadamente a la cortina de seda.
- ¡Entonces cambiar las piedras, que se transformen en una vaina para guardar la espada!
- ¡Misericordia! -lloró el mensajero a la mañana siguiente- Trabajaron toda la noche y transformaron la muralla en un rayo que destruirá la vaina.
La enfermedad se extendió por la ciudad como una jauría de perros salvajes. Las tiendas se cerraron. La población, que había trabajado durante meses interminables cambiando las murallas, se parecía a la muerte misma, entrechocando los blancos huesos como instrumentos musicales en el viento. Empezaron a aparecer funerales en las calles, aunque era pleno verano, y tiempo de cosechar y recoger. El mandarín calló tan enfermo que tuvo que instalar la cama junto a la cortina de seda, y allí estaba, impartiendo miserablemente sus ordenes arquitectónicas. La voz de detrás de la cortina era débil también ahora, y lánguida, como el viento en los aleros.
- Kwan-Si es un águila. Nuestras murallas serán un nido para esa águila. Kwan-Si es un sol que quemará el nido. Construyan una luna para eclipsar el sol.
Como una máquina enmohecida la ciudad empezó a detenerse.
Al fin el susurro tras la cortina rogó:
- En nombre de los dioses.¡Llamar a Kwan-Si!
El último día de verano cuatro hombres hambrientos llevaron al mandarín Kwan-Si, pálido y enfermo, a nuestra ciudad. Otros hombres sostuvieron a los dos mandarines, que se miraron débilmente. Sus alientos aleteaban en sus bocas como vientos invernales. Una voz dijo:
- Terminemos esto.
El viejo asintió.
- Esto no puede seguir -dijo la débil voz-. Nuestra gente no hace otra cosa que cambiar la forma de nuestras ciudades todos los días, todas las horas. No les queda tiempo para cazar, pescar, amar, reverenciar a sus antepasados y los hijos de sus antepasados.
- Así es -dijeron los mandarines de las ciudades de la Jaula, la Luna, la Lanza, el Fuego, la Espada y esto, aquello, y otras cosas.
- Llevadnos a la luz del sol -dijo la voz-.
Transportaron a los viejos bajo el sol y sobre una pequeña loma. Unos pocos niños flacos remontaban cometas en la brisa de los últimos días de verano, cometas del color del sol, las ranas y las hierbas, el color del mar y el color de las monedas y el trigo.
La hija del primer mandarín estaba junto a la cama de su padre.
- Mirar -dijo-.
- No hay más que cometas -dijeron los dos viejos-.
- Pero que es una cometa en el suelo -dijo ella-, nada. ¿Qué necesita para sostenerse y ser hermosa y verdaderamente espiritual?
- ¡El viento, por supuesto! -dijeron los otros-.
- ¿Y que necesitan el cielo y el viento para ser hermosos?
- Una cometa, por supuesto..., muchas cometas para quebrar la monotonía, la uniformidad del cielo.¡Cometas de colores, que vuelen!.
- Sí -dijo la hija del mandarín-. Tú, Kwan-Si, cambiarás por última vez tu ciudad para que parezca nada más ni menos que el viento. Y nosotros tomaremos la forma de una cometa dorada. El viento hará hermosa a la cometa y la llevará a maravillosas alturas. Y la cometa quebrará la uniformidad de la existencia del viento y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro. Juntos todo es cooperación y una larga y prolongada vida.
Los dos mandarines se sintieron tan contentos que comieron por primera vez después de muchos días. Recobraron las fuerzas, se abrazaron y se elogiaron uno a otro, llamando a la hija del mandarín un muchacho, un hombre, una columna de piedra, un guerrero y un verdadero e inolvidable hijo. Casi inmediatamente se separaron a sus ciudades llamando y cantando, débiles pero felices.

Pasó el tiempo y las ciudades se llamaron Ciudad de la Cometa Dorada y la Ciudad del Viento Plateado. Y se cosecharon las cosechas y se atendieron otra vez los negocios, y todos engordaron, y la enfermedad huyó como un jacal asustado. Y todas las noches del año, los habitantes de la Ciudad de la Cometa podían oír el buen viento que los mantenía en el aire. Y los de la Ciudad del Viento podían oír como la cometa cantaba, susurraba, se elevaba y los embellecía.

Así sea. -dijo el mandarín junto a la cortina de seda-.
 


 
Cuento de cometas.

Por Carmona Blanco (Uruguay).

-Se había superado a través de los años.
Sus cometas eran ahora verdaderas obras de arte.
Flores, estrellas, perfiles de animales, con colores que su intuición combinaba a la perfección.
Poseían el vuelo más sereno y majestuoso que jamás haya tenido pájaro alguno impulsado por el viento.
Las seguía confeccionando con materiales nobles, con el mejor papel cometa y cañas elegidas y estacionadas, desafiando a una modernidad plástica, uniforme y masificada.
Lo supiese o no, su suerte estaba echada.
Mientras los cielos de la ciudad se plagaban de vacilantes y coleantes volantines de plástico, él terminó por no vender una sola cometa.
Tenía fabricada cincuenta, todas diferentes, para aquella temporada.
Las expuso en todos los puntos estratégicos de la ciudad y no vendió una sola.
Pensó en regalarlas.
No faltaban gurises a quienes, recibir una cometa de obsequio, podía hacerlos felices.
Así lo quiso él.
Pero comprobó que aquellos niños también las preferían de plástico.
Fue entonces que se le ocurrió la idea.
Un domingo a mediodía se dirigió al Buceo.
Bajó a la playa.
Estaba desierta.
A pesar del sol, todavía hacia frío.
Una a una fue remontando sus cometas, estaqueando los hilos en la arena con trozos de rama.
Cuando las tuvo todas remontadas se sentó a observarlas.
Era un espectáculo maravilloso.
Las cincuenta cometas con sus vivos colores, reverberaban bajo el sol en un placido balanceo, tan sereno y equilibrado que las gaviotas planeaban confiadas entre ellas.

El hombre se quedó allí sentado hasta la puesta del sol.
Sin hacer caso de la multitud que, desde la muralla de la playa observaba el espectáculo.
Cuando el cielo y el mar se enrojecieron en el horizonte, el hombre
extrajo la navaja del bolsillo y fue cortando los hilos de las cometas, uno a uno.
Con el atardecer, el viento había aumentado su impulso.
Primero fue un ascender de colores.
Como si las cometas, liberadas, quisieran ganar el firmamento.
Después, comenzaron a colear hacia un lado y otro, subiendo y bajando, para finalmente iniciar la picada en espiral, como una cascada de luces, que las hundiría en el mar.
Las gaviotas, sorprendidas, volaban enloquecidas, graznando, procurando esquivar los vertiginosos y centellantes golpes de aquel inmenso relampagueo y de aquella lluvia de transparencia y color.
Era un espectáculo alucinante. 
La gente aplaudió.
El hombre se fue despacio y en silencio, alejándose sin mirar a nadie,
Arrastrando su cuerpo de anciano por la arena, pensando que ahora tendría que buscar otro trabajo, sabiendo de antemano que ese trabajo, fuera cual fuere, no le gustaría, sintiendo, con turbación y angustia adolescente, que allí mismo acababa de terminar su niñez.

 

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