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La dorada cometa y el plateado
viento.
Por Ray Bradbury.
Extraído del libro: "Las doradas manzanas
del sol".
- ¿La forma de un cerdo? -preguntó el mandarín-.
- La forma de un cerdo -respondió el mensajero
y partió-.
- O que mal día en un mal año -exclamó
el mandarín-, cuando yo era niño la ciudad de Kwan-Si, del
otro lado de la montaña, era muy pequeña. Pero ahora ha crecido
tanto que le pondrán una muralla.
- Pero, ¿por qué una muralla a tres kilómetros
de distancia enoja y entristece a mi buen padre? -preguntó serenamente
la hija del mandarín-.
- Esa muralla -dijo el mandarín- ¡tiene
la forma de un cerdo!. ¿No entiendes?, la muralla de nuestra ciudad
tiene forma de una naranja. ¡El cerdo nos devorará velozmente!
- Ah.
El mandarín y su hija se quedaron pensando.
La vida estaba llena de presagios. En todas partes acechaban
demonios. La muerte nadaba en la humedad de un ojo, el giro de un ala de
gaviota significaba lluvia, un abanico sostenido así, la teja de
un techo, y sí, hasta la muralla de una ciudad era de enorme importancia.
Turistas y viajeros, caravanas de músicos, artistas, al llegar a
estas dos ciudades, interpretando los signos dirían:
- "¿Una ciudad con forma de una naranja? ¡No,
entraré en la ciudad con forma de cerdo y prosperaré, y comeré
y engordaré, y tendré suerte y riquezas!".
El mandarín sollozó.
- ¡Todo está perdido!. Estos símbolos
y signos me aterrorizan. Vendrán días malos para nuestra
ciudad.
- Entonces -dijo la hija-, llama a los mamposteros y
los constructores de templos. Yo te hablaré desde detrás
de la cortina de seda y tú sabrás que decirles.
El desesperado anciano golpeó las manos.
- ¡Oh mamposteros! ¡Oh, constructores de
ciudades y palacios!
Los hombres que conocían el mármol y el
granito, el ónix y el cuarzo llegaron rápidamente. El mandarín
los miró intranquilo, atendiendo al susurro que debía llegar
de la cortina de seda, detrás de su trono.
- Os he llamado... - dijo el susurro-.
- Os he llamado -dijo el mandarín-, porque nuestra
ciudad tiene forma de una naranja, y la vil ciudad de Kwan-Si tiene ahora
la forma de un cerdo voraz.
Los mamposteros gimieron y lloraron. La muerte hizo sonar
su bastón en el patio del palacio. La pobreza tosió en las
sombras de la antesala.
- Y por lo tanto -dijo el susurro, dijo el mandarín-,
vosotros, constructores de murallas, ¡traeréis herramientas
y piedras y cambiareis la forma de nuestra ciudad!
Los arquitectos y albañiles abrieron la boca.
El mandarín mismo abrió la boca ante lo que había
dicho. El susurro susurró. El mandarín siguió diciendo:
- ¡Y daréis a las murallas la forma de un
garrote que golpeará al cerdo y lo hará huir!
Los mamposteros se incorporaron, gritando. Hasta el mandarín,
deleitado ante las palabras que habían salido de su boca, aplaudió
descendiendo del trono.
- ¡De prisa! -gritó- ¡A trabajar!
Cuando se fueron los hombres, sonrientes y animados,
el mandarín se volvió cariñosamente hacia la cortina
de seda.
- Hija -murmuró-, quiero abrazarte.
No hubo respuesta. El mandarín miró del
otro lado de la cortina. Ella se había ido.
Cuánta modestia, pensó el mandarín.
Se ha escapado dejándome con el triunfo, como si fuera mío.
Las nuevas corrieron por la ciudad, y todos aclamaron
al mandarín. Se llevaron piedras a las murallas. Los fuegos artificiales
se dejaron a un lado, y los demonios de la muerte y de la pobreza no se
detuvieron allí, pues todos trabajaban juntos. Al terminar el mes,
habían cambiado la muralla. Era ahora una gran clava para alejar
cerdos, jabalíes y hasta leones. El mandarín dormía
todas las noches como un zorro feliz.
- Me gustaría ver al mandarín de Kwan-Si
cuando oiga las noticias. ¡Qué pandemonio y qué histeria!
Querrá arrojarse de lo alto de una montaña. Un poco más
de vino, oh hija que piensa como un hijo.
Pero la alegría es como una flor invernal, muere
rápidamente. La misma tarde un mensajero entró corriendo
en la sala de audiencias:
- ¡Oh mandarín, enfermedades, penas, terremotos,
plagas de langostas y pozos de agua envenenada!
El mandarín se estremeció.
La ciudad de Kwan -dijo el mensajero-, si tenia forma
de cerdo y que hicimos retroceder transformando nuestras murallas en un
poderoso garrote, ha cambiado nuestro triunfo en cenizas. ¡Han construido
las murallas de la ciudad como una gran hoguera para quemar nuestro garrote!
El corazón del mandarín se encogió
como un fruto otoñal en un viejo árbol.
- ¡Oh dioses! Los viajeros nos despreciarán,
los comerciantes, al leer los símbolos, darán la espalda
al garrote, destruido tan fácilmente, e irán hacia el fuego,
que todo lo conquista.
- No -dijo un suspiro como un copo de nieve detrás
de la cortina de seda-.
- No -dijo el sorprendido mandarín-.
- Dile a los constructores -dijo el susurro que era como
una gota de lluvia- que den a nuestras murallas la forma de un lago brillante.
El mandarín lo dijo en voz alta para gran alivio
de su corazón.
- Y con ese lago -dijeron el susurro y el viejo- ¡Apagaremos
el fuego para siempre!
La alegría ilumino a la ciudad que había
sido salvada otra vez por el magnífico Emperador de las Ideas. Corrieron
a las murallas y las transformaron otra vez, cantando, no tan alto como
antes, por supuesto, pues estaban cansados, y no tan rápidamente,
pues como habían tardado un mes en modificar la muralla anterior,
habían tenido que abandonar los negocios y las cosechas y estaban
un poco mas débiles y eran un poco más pobres.
Desde entonces los días se sucedieron horribles
y maravillosos, encerrándose unos en otros como un nido de terribles
cajas.
- Oh, emperador -gritó entonces el mensajero-
¡Kwan-Si ha cambiado sus murallas, y son ahora una boca que se beberá
nuestro lago!
- Entonces -dijo el Emperador de pie, muy cerca de la
cortina de seda-, ¡que se transformen nuestros muros en una aguja
que coserá esa boca!
- ¡Emperador! -dijo el mensajero- ¡Transformaron
sus murallas en una espada para quebrar nuestra aguja!
El emperador se mantenía en pie agarrándose
desesperadamente a la cortina de seda.
- ¡Entonces cambiar las piedras, que se transformen
en una vaina para guardar la espada!
- ¡Misericordia! -lloró el mensajero a la
mañana siguiente- Trabajaron toda la noche y transformaron la muralla
en un rayo que destruirá la vaina.
La enfermedad se extendió por la ciudad como una
jauría de perros salvajes. Las tiendas se cerraron. La población,
que había trabajado durante meses interminables cambiando las murallas,
se parecía a la muerte misma, entrechocando los blancos huesos como
instrumentos musicales en el viento. Empezaron a aparecer funerales en
las calles, aunque era pleno verano, y tiempo de cosechar y recoger. El
mandarín calló tan enfermo que tuvo que instalar la cama
junto a la cortina de seda, y allí estaba, impartiendo miserablemente
sus ordenes arquitectónicas. La voz de detrás de la cortina
era débil también ahora, y lánguida, como el viento
en los aleros.
- Kwan-Si es un águila. Nuestras murallas serán
un nido para esa águila. Kwan-Si es un sol que quemará el
nido. Construyan una luna para eclipsar el sol.
Como una máquina enmohecida la ciudad empezó
a detenerse.
Al fin el susurro tras la cortina rogó:
- En nombre de los dioses.¡Llamar a Kwan-Si!
El último día de verano cuatro hombres
hambrientos llevaron al mandarín Kwan-Si, pálido y enfermo,
a nuestra ciudad. Otros hombres sostuvieron a los dos mandarines, que se
miraron débilmente. Sus alientos aleteaban en sus bocas como vientos
invernales. Una voz dijo:
- Terminemos esto.
El viejo asintió.
- Esto no puede seguir -dijo la débil voz-. Nuestra
gente no hace otra cosa que cambiar la forma de nuestras ciudades todos
los días, todas las horas. No les queda tiempo para cazar, pescar,
amar, reverenciar a sus antepasados y los hijos de sus antepasados.
- Así es -dijeron los mandarines de las ciudades
de la Jaula, la Luna, la Lanza, el Fuego, la Espada y esto, aquello, y
otras cosas.
- Llevadnos a la luz del sol -dijo la voz-.
Transportaron a los viejos bajo el sol y sobre una pequeña
loma. Unos pocos niños flacos remontaban cometas en la brisa de
los últimos días de verano, cometas del color del sol, las
ranas y las hierbas, el color del mar y el color de las monedas y el trigo.
La hija del primer mandarín estaba junto a la
cama de su padre.
- Mirar -dijo-.
- No hay más que cometas -dijeron los dos viejos-.
- Pero que es una cometa en el suelo -dijo ella-, nada.
¿Qué necesita para sostenerse y ser hermosa y verdaderamente
espiritual?
- ¡El viento, por supuesto! -dijeron los otros-.
- ¿Y que necesitan el cielo y el viento para ser
hermosos?
- Una cometa, por supuesto..., muchas cometas para quebrar
la monotonía, la uniformidad del cielo.¡Cometas de colores,
que vuelen!.
- Sí -dijo la hija del mandarín-. Tú,
Kwan-Si, cambiarás por última vez tu ciudad para que parezca
nada más ni menos que el viento. Y nosotros tomaremos la forma de
una cometa dorada. El viento hará hermosa a la cometa y la llevará
a maravillosas alturas. Y la cometa quebrará la uniformidad de la
existencia del viento y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro.
Juntos todo es cooperación y una larga y prolongada vida.
Los dos mandarines se sintieron tan contentos que comieron
por primera vez después de muchos días. Recobraron las fuerzas,
se abrazaron y se elogiaron uno a otro, llamando a la hija del mandarín
un muchacho, un hombre, una columna de piedra, un guerrero y un verdadero
e inolvidable hijo. Casi inmediatamente se separaron a sus ciudades llamando
y cantando, débiles pero felices.
Pasó el tiempo y las ciudades se llamaron Ciudad
de la Cometa Dorada y la Ciudad del Viento Plateado. Y se cosecharon las
cosechas y se atendieron otra vez los negocios, y todos engordaron, y la
enfermedad huyó como un jacal asustado. Y todas las noches del año,
los habitantes de la Ciudad de la Cometa podían oír el buen
viento que los mantenía en el aire. Y los de la Ciudad del Viento
podían oír como la cometa cantaba, susurraba, se elevaba
y los embellecía.

Así sea. -dijo el mandarín junto a la cortina
de seda-.
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